Un diagnóstico temprano en el caso de la hemocromatosis es fundamental para evitar consecuencias muy graves para el organismo. Esta enfermedad se produce porque el hierro que consumimos con los alimentos se acumula en el organismo y puede provocar daños irreversibles en el hígado, en el corazón o en el páncreas. Ponerle solución a este problema lo antes posible es muy importante, pues si lo dejamos avanzar las consecuencias pueden ser fatales.

Es cierto que el hierro es necesario para el buen funcionamiento del organismo. Pero si se superan ciertas cantidades, se acumula en diversos órganos provocando daños que pueden ser muy graves. Es la patología genética más común en Europa Occidental y afecta a uno de cada 300 habitantes. Sobre todo, hombres a partir de los 30 años. El componente hereditario es clave en el desarrollo de esta enfermedad, por lo que conocer nuestro historial médico familiar ayuda a mejorar el diagnóstico. Sobre todo porque nos puede permitir detectarlo en estadios iniciales.

En general, hay 3 fases diferenciadas de la enfermedad. La primera se produce cuando el hierro va acumulándose pero todavía no podemos hablar de un  exceso propiamente dicho. La segunda, ya hay sobrecarga y se producen síntomas vagos que también pueden obedecer a otras enfermedades. Por ejemplo, fatiga intensa, dolores articulares, malestar abdominal o somnolencia. Y, la última etapa es cuando el exceso de hierro ya se manifiesta con signos específicos de la hemocromatosis. Cuanto antes detectamos que la padecemos, más probabilidad tendremos de evitar males mayores en nuestra salud.

Además de fases o estadios, esta enfermedad puede ser de dos tipos: hereditaria y adquirida o secundaria. La primera se produce por una alteración genética que se transmite de ambos padres al hijo. Esta mutación provoca una mayor absorción de hierro en el tubo digestivo. En este caso, el historial médico familiar nos puede ayudar a estar pendientes de su aparición y facilita el tratamiento temprano.

En cuanto a la hemocromatosis secundaria o adquirida, hay distintas causas que la pueden provocar. La principal y más evidente son las transfusiones de sangre recurrentes como tratamiento a diversas enfermedades. También puede estar generada por una anemia, enfermedades del hígado o la mutación de otros genes distintos que afecta al hígado. Un alcoholismo crónico también puede ser el origen de esta enfermedad, así como un trastorno congénito de la transferrina. Por descontado, si abusamos habitual y reiteradamente de alimentos con mucho hierro también nos ponemos en peligro. Y, por último, encontramos la hemocromatosis neonatal, que provoca problemas agudos en el hígado del feto, incluso dentro del cuerpo de la madre.

En estos casos, los antecedentes familiares no nos ayudan en el diagnóstico, con lo cual tendremos que fijarnos en los síntomas evidentes de esta enfermedad. Cuando la concentración del hierro supera los 20 gramos ya empieza a dañar el hígado, el páncreas, el corazón, el hipotálamo, las articulaciones y la piel. Es decir, que en estos casos debería alertarnos un tamaño excesivo del hígado, una diabetes mellitus, insuficiencias cardíacas, arritmias, atrofia testicular, impotencia sexual, artritis o artrosis o una pigmentación excesiva que oscurezca la piel. Ante cualquiera de estos síntomas, debemos acudir al médico para que averigüe el origen de estos trastornos, entre los cuales puede haber una hemocromatosis secundaria o adquirida.

En cualquiera de los casos, ya sea hereditaria o adquirida, el facultativo ordenará que se realicen determinadas pruebas para diagnosticar la enfermedad. Aparte de analizar el historial médico del afectado, le realizará una importante revisión de piel y órganos. Encargará análisis de sangre concretos para detectar los niveles de hierro en el organismo, así como test genéticos para averiguar si hay mutaciones peligrosas. Por último, puede pedir que se nos realicen otras pruebas como electros, resonancias, ecografías, etc.

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